
Cuando el naufrago que flotaba zarandeado por las corrientes acaba tendido sobre la arena de la playa, donde las olas lo han descargado, y abre los ojos para tratar de averiguar donde se encuentra, empieza a darse cuenta de que otros naufragos le rodean. Entonces descubre que no esta solo. Se incorpora sobre si mismo y le grita a la soledad para conjurarla o espantarla. Y se percata de que no es el eco de su voz lo que le llega como respuesta, sino los gritos de otros humanos que ya caminaban antes que él sobre la arena de infinitas y blancas playas, supervivientes de peligrosos y arriesgados naufragios.
La vida parece un encuentro fortuito entre navegantes y aventureros que se tiran al encrespado mar con tal de huir de la monotonia y banalidad cotidiana en que se ha convertido la rutinaria vida en la ciudad.
Extremeno Romano






